Tuesday, February 19, 2008

Saeta.
Su rostro de perfiles nórdicos era atravesado por el temple de su voz, claramente latina, los ojos verdes mutaban en la sonrisa, calidos y maternales, en la pasión, cerámicos e implacables. Era una mujer de la que uno no sabe a que atenerse, ni falta que hace. Mirarla era mirar al abismo en la vertical, sin esperar ayuda ni comprensión, la sensación del buen suicida. Poco podía importar lo que realmente ocurriera, por que tan sólo estando a su vera ya todo, y para siempre, seria primavera. Agarrado a su mano cruzaba el violento tráfico del Cairo, y sólo con sus dedos me hacía torero. El pañuelo con que se cubría protegía a los otros hombres, yo ya era su esclavo gratuito y condenado, voluntario a eunuco si ella así, lo quisiera. Mujer de curvas y parábolas, con 2000 libros en la cabeza y sin lugar a dudas, el que suscribe otros 2000 escribiera. Si las musas tuvieran reina esta seria quien la engendrara, puesto que con un sólo beso la memoria de aquellos días, alimenta sin paz ni tregua mi desquiciada cabeza. De profesión siervo infinito, pues no albergo ninguna duda que mi pasión ni la parca quisiera; el mismo innoble barquero en su ruin mercadeo, tiraría las monedas que mis ojos le ofrecieran por no compartir con él ni un solo gramo de ella, del recuerdo, de la palabra, nada. De su maldito esquife me arrojará y golpeare las cavernas infinitas del Averno, gritando enamorado su nombre, Hanna.Hanna.Hanna.

SAETA
No me queda menos que digitar mi grito de furia, cuando leo que los políticos de nuestro país “estudian” la conveniencia de convocar debates televisados. Bueno, estos señores trabajan en una democracia (DRAE. – democracia. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno) pero no lo saben. Al parecer sus agendas están por encima o creen, del sistema/doctrina. En este todos formamos parte, nos guste o no. Pero aquellos que viven de él. No deberían tener la menor duda.
Derecho a efectuar el debate en una u otra cadena, parece legítimo; pero entonces, parece obvio que la televisión publica, no les vale. Lógico ya que esta suele estar “orientada” por el partido que ocupe el poder, y el partido en la oposición es reacio a las posibles manipulaciones, tiempo, planos, etc.
Dos problemas; el primero radica en la idea y claridad de la doctrina. El segundo en la utilidad de las infraestructuras públicas que subvencionan los ciudadanos.

RELATO
Libros y Café.
La lluvia ácida roe mi gorro de lana mientras hago cola para entrar en el Starcaf, el libro que llevo bajo mi abrigo está en la bolsa de Kevlar con funda interior de material ignífugo. Recuerdo la zona donde está el Café Starcaf, cuando tenía 40 años, hace ya mucho tiempo, todavía la llamaban Glorieta de Bilbao, incluso mucho después de que cambiaran de nombre a la ciudad.
No me gusta vender libros, sobre todo si son de papel auténtico. En sitios públicos rara vez lo hago, pero ya no me queda crédito ni muchas más opciones, he cumplido 83 años y no tengo donde caerme muerto. El cliente ha insistido en el sitio y la hora, no suelo trabajar así pero al aceptar mi precio por el libro, ciento veinte mil euroyens, él manda.
Sólo quedan tres jóvenes delante de mí para acceder al Café Starcarf, me parecen muy bajitos para esta zona de la ciudad, quizás sean de origen asiático, uno de ellos tiene unos llamativos ojos azul cobalto y me parece una chica, pero en estos tiempos se cambia tanto de sexo como de modas en mi juventud, lleva un sistema de comunicaciones con pantalla interactiva todo tiempo, cuelga de su chaqueta expuesta a la lluvia. La máquina que les atiende “habla” en algún dialecto euroasiático, no entiendo una sola silaba; me apetece un café caliente con algún derivado lácteo.
No he olido el café auténtico desde el 2.037, cuando la guerra con la Federación Americana acabó y el bloqueo aeronaval impuesto por la Unión Euroasiática Federada cesó. Aquella guerra se ganó pagando un precio terrible, 37 millones de muertos entre ambos bandos, pero cesaron las emisiones y el derecho de los americanos a usar sus reservas forestales, minerales y de combustibles fósiles. Recuerdo que alguno recuperó la esperanza, un término que ya no se asocia con facilidad al destino de nuestra especie.
Mientras el pasado ronda mi cabeza los pelos de la nariz vibran excitados por el olor del café, sé que es un genético pero el aroma es casi perfecto. Con mi taza de Steryofan termo sellada en la mano derecha analizo la sala donde esperar al cliente, con la izquierda activo el blindaje de mi abrigo y de manera distraída me quito el viejo gorro de lana activando el escáner de escucha pasiva. Un joven de espaldas tiene una ergobutaca libre delante de su mesa, parece absorto en la pantalla de la mesa. Giro mi cabeza de izquierda a derecha para que el escáner haga un barrido completo de la sala, las puertas de emergencia son de freón sólido, en caso de una alteración de temperatura, congelaran la fuente de calor en un nanosegundo. También son un buen objetivo sobre el que disparar mis armas y generar el caos.
Elijo al joven absorto, mi intuición humana ha conseguido traerme hasta aquí; corrompiendo funcionarios de la federación ibérica hasta su antigua capital, hoy un museo temático y, hakeando a robots de seguridad a los que mis pupilas esmaltadas en diamante leen sus propios códigos Codesec-wy403 de última generación. Es gracioso que mi generación humana fuera la que inventó todo este tinglado. Ese fugaz pensamiento me hace sonreír mientras con mi taza provoco al chaval absorto, para así hacer una buena lectura de su mirada.
- Señor su vaso está sobre la pantalla- me dice lo que ahora me parece una chica.
- Perdona no me he dado cuenta- le digo retirando la taza a la izquierda mientras veo la pantalla y huelo su pecho.
- No se preocupe, es que estoy perdida y quiero reservar un pase de salida de la federación, ¿es usted de por aquí? -
- Nací aquí cerca, en un sitio que llamaban Hospital Clínico, pero hace mucho tiempo que no he podido volver. Poco crédito y peor seguro- finjo sonreír, huele a silicona biológica con una mala mezcla de esencias humanas y perfume industrial.
- ¿Nació en Matrit? Es usted matrilenio- sus ojos definitivamente no me gustan.
- Madrileño con d y ñ, y soy lo suficiente viejo para serlo ¿no crees?- todavía tengo tiempo. Ajusto bajo el abrigo el arma.
- No he conocido a muchos y, menos de origen íbero- palabra mágica.
- ¿Tu eres Peter?- digo impresionado.
- Y tu Iberianfox ¿No?- sus ojos se aceran. Suelto el seguro.
- Patético verdad- llevo 15 años trabajando en la red con el traficante holandés.
- ¿El alias? A tu edad nada debería serlo- su tono condescendiente suena a grabación analógica de película en blanco y negro del siglo 20. Pobre Peter que habrán echo con él.
- Peter es un buen nombre, común y suena honesto ¿El dinero? – estoy en peligro.
- ¡Primero el libro, ahora, aquí!- no parece querer negociar está bien cubierta.
- ¡Venga bicho el puto dinero!- alzo la voz y busco reacciones alrededor de la mesa.
- ¿Bicho, cómo te has dado cuenta?- parece conciliador ahora, buen software, pero los clónicos tienen el mismo ego que sus diseñadores. No entienden el error.
- No has tocado el café, tus ojos son de fibra, sin brillo. ¿En fin, has visto o te han pasado por el disco la película Blade Runner? - distraigo su atención con una mano, mientras me preparo.
- ¿Qué?
- Pues si la viste, te ha condenado a muerte- el arma surge de mi abrigo equilibrada y lista, abro fuego sobre su rostro que se deshace. Me levanto con el escáner vibrando en mis sienes y ni tengo que mirar a los dos bichos que se levantan de una mesa. Abro fuego con munición fragmentada, mientras, pienso en el libro, un RBA de Jonathan Mittel, Las benévolas. Buen papel y una extraordinaria historia sobre el Holocausto Judío. Lo dejo sobre la mesa, su destino ya no está en mis manos; afuera estarán los grupos tácticos de la federación. Noto proyectiles impactando en mi abrigo pronto acertaran en la cabeza. No siento pena por mí. Ya nadie escribe, nadie lee.

Friday, February 15, 2008

RELATO
Ancla-Horizonte.
El niño subía corriendo la pequeña colina de arena en cuanto el sol comenzaba a retirarse entre el mar y las montañas. Cada día a la misma hora sin falta el pequeño se colocaba en mismo lugar se llevaba las manos a la cara por unos instantes, giraba sobre si mismo y empezaba a correr colina abajo. Para mí se había convertido en una rutina tan obsesiva como seguir las cinco llamadas a la oración de la mezquita cercana. A las cinco de la mañana el fervor de la voz me despertaba y las palabras “Dios es grande, Dios es grande…” me hacían recordar porqué estaba allí, en aquel piso al final de un maldito desierto, esperando a una mujer que amaba.
Cuando acabó el Ramadan Sabrina me pidió que la acompañara al Cairo para presentar unos papeles en la embajada Italiana. Quería homologar su título de filología árabe para poder dar clases a los expatriados europeos. El delegado de la embajada le había preparado la documentación que debía presentar en el ministerio de cultura egipcio, la advirtió que los trámites en la administración egipcia llevarían tiempo. Pasamos aquellos días ocupados en busca de tesoros en el zoco cairota de Al-Kalili durante el día, para por la noche seguir buscando otro tesoro, el de nuestro amor en la cama del hotel Nile Views.
Una mañana al despertar, noté que ella faltaba, primero repare en la ausencia de su aroma en las sabanas de la cama, que aquella mañana ya estaba bañada por el sol dejándola como el desierto, caliente y seca. La habitación por su ausencia parecía más grande, observe que la parte que ocupaba en el armario estaba vació, no me hizo falta leer la carta que estaba encima del televisor para saber que se había marchado.
Volví al apartamento del desierto y me senté en el sofá que daba a la ventana, ignoro cuanto tiempo pasó y deje de contar las oraciones. La noche y el día pasaban como una vieja película de súper-ocho, sólo aquel niño me llamaba la atención que con su rutina rompía el bucle mental en el que me hallaba.
Mohamed el portero subía la compra los miércoles, un Salam Aleikum las bolsas de comida y yo le daba las cien libras de siempre. Un día coincidió, bajé la basura que se amontonaba en el apartamento y al entregársela a Mohamed vi al niño que subía corriendo la colina. Le pregunté a Mohamed en el mejor árabe que pude, qué diablos hacia todos los días aquel chiquillo. ¡Yusef! Gritó el portero, el niño giró la cabeza y en su carrera subió a la colina e hizo lo de todos los días, se dio la vuelta y bajo corriendo hasta el portal de la casa. A las preguntas del portero, Yusef le enseñó la cámara que llevaba en el bolsillo de la túnica, le contó que hace unos meses una mujer italiana mientras paseaba le había dicho que aunque subiese mil veces la colina, a la misma hora, todos los días, jamás vería el mismo horizonte. Yusef no la creyó. Para demostrarlo le había regalado varias cámaras desechables y retado a fotografiar tantas veces como pudiera aquel panorama, hasta que ella volviese y revelara las fotos. Sonreí, esa era Sabrina, pero no volvería.
A la sonrisa le siguieron las lagrimas histéricas que brotaban de mis ojos cuando creí comprender, por mil veces que mires el horizonte nunca será el mismo, la constante rotación y traslación terrestre lo impide. Sí, cuanto más cercano parece algo y lo crees más seguro que casi crees tocarlo. Pero todo puede ser una ilusión; como el espejismo de un ancla en el desierto a la que me sentía encadenado.

RELATO
120 HORAS.
La gaviota irguió un poco el pecho bajando la cola para ascender, esperaba encontrar los vientos del Noreste que la llevaría hacia el sur del Océano Atlántico. En pocos segundos su culo emplumado noto el frescor de estos, estabilizó su posición consiguiendo un planeo cómodo y ascendente que la llevaría hasta el archipiélago de Cabo Verde, donde pararía para reunirse al clan. A la izquierda por sotavento podía ver la masa continental africana y las inmensas planicies desérticas del Sahara. Ese no era un buen sitio para las gaviotas, no había agua. En su escrutinio aéreo observó un pequeño punto en la inmensidad del mar, también percibió un olor característico que su cerebro asoció con comida fácil. Picó con el cuello a la izquierda, y el resto del cuerpo lo siguió.
El destartalado esquife apestaba a sudor, podredumbre y excrementos humanos;
36 hombres y mujeres africanos se repartían hacinados entre los cadáveres de sus compañeros de singladura. El sueño de Europa les había traído hasta ese punto en medio del océano; la escasez de agua y la comida salada compuesta de ugali (pasta de maíz cocida) y aceite de sardinas, apenas los mantenía con vida para cumplir su quimera. Abu, el congoleño y el más veterano en cuanto a intentos se tratara, mantenía fija la mirada en el horizonte, esperaba ver una isla o cualquier navío de la flota española que pescara o patrullase la costa canaria. Observó como la gaviota con un suave planeo se posó en la punta del madero al que se ensamblaban a proa las carcomidas planchas solapadas del cayuco. Su bello y joven rostro parecía una estatua, por el salitre con que la mordaz brisa marina les castigaba constantemente. Sabía que no tenía la más mínima posibilidad de cazarla y que era el pájaro marino, quien les había cazado a ellos, transporte y comida gratis hasta que se cansara y siguiese su camino. Ya había pasado por unas cuantas situaciones parecidas con anterioridad, pero entonces habían partido desde el Aiunm mucho más al norte. Abu había crecido en la profundidad de la selva congoleña, pero sabía que aquel viento del Noreste, terminaría con el combustible del motor, dirigiendo la derrota del cayuco hacia el oeste, donde serian tragados por el océano, en una paulatina y macabra ruleta, donde los rojos son el tiempo y los negros el horror.
Los niños primero, después los enfermos, especialmente los de sida y por último los más duros, crueles e implacables; los que podrían beber la sangre de los compañeros caídos antes que esta se coagulase, así como despedazar las magras carnes de estos con la poca humanidad ¡Oh, humanidad! Que entonces aun quedara, en el cayuco.
Abu, años antes había llegado a un sitio que llamaba Tangir y después de haber hecho cosas horribles, que le avergonzaban, satisfaciendo los más básicos e innobles deseos, tanto de los hombres árabes como europeos, que en las oscuras esquinas de la casbah, pagaban por el placer, no del amor, sino de la sádica y momentánea posesión de los más débiles.
Abu solo se consolaba de aquellas humillaciones por la necesidad del dinero y, lo necesitaba especialmente allí, casi al final del camino, con la civilizada Europa a la vista. Debía pagar a corruptos policías marroquíes que un día harían la vista gorda y permitirían que un grupo de negree intentaran en masa asaltar un punto específico de la verja. Los españoles reforzaban las verjas con traicioneras alambradas de espino, en doble X cruzada, como en un Verdun silencioso, africano. Una vez cortada la primera verja la alarma se disparaba, tenias tres minutos, entonces te habrías paso a golpes para encontrarte veinte metros después en un terraplén de cemento liso, con otra valla aun más alta, que sólo la desesperación y el cuerpo enganchado, de un desafortunado compañero que le precedía le ayudó a saltar, para a los pocos metros, darse de bruces con aquel soldado, africano como él, vestido con un uniforme verde claro y cubierto por un estúpido gorro alargado con una pelotita colgando en su frente. Este de un implacable culatazo en la cabeza le marcó la meta y el fin de su odisea.
Abu no entendía de ironías y menos aun aquella, pues aquel Legionario guineano, unos años antes había estado en las mismas circunstancias, sencillamente tuvo más suerte. Abu sólo entendía del tiempo, porque como buen africano, tenía paciencia y una resolución que solo crece allí donde se ven crecer los mangos que caen tres veces al año por su propio peso.
En la inmensidad del mar hay mucho tiempo para pensar, hay tiempo incluso para dar un nombre a todos y cada uno de los mangos que había en su provincia natal, Kivu. Y para recordar a Mama Mwende, Papa Kuria y los pequeños Inmbeze, Julina y el pequeñín Pepsi. ¿Qué sería de ellos? Seguro que habrían escapado de los despiadados interahamwe ruandeses, que después del holocausto de Ruanda, huían de sus crímenes con implacables mercenarios surafricanos dándoles caza, a cien dólares la oreja. La horda Hutu se había internado en el Congo arrasando todas las pacificas comunidades de la frontera de Kivu oriental. Papa Kuria conocía la selva y la guerra, por haber luchado contra los belgas y sus mercenarios europeos en la guerra de la independencia. Sí, seguro que estaría en algún campo de Burundi o Angola donde la ONU o los barrenderos de los blancos como los llamaba Papa Kuria, les habrían acogido. Algunos, de entre aquellos millones de blancos rechonchos, eran solidarios y así, otros, podían cenar tranquilos, viendo las noticias de la tele y sintiéndose parte de la verdadera y única historia. Aquello le hacia mucha gracia a Abu, por haber experimentado en su frente la expeditiva hospitalidad que demostraban aquellos mismos blancos, y sicarios uniformados en sus fortificadas fronteras.
El hambre te genera una flojedad casi embriagadora, mística dicen algunos que ingenuamente la practican como forma de purificación o de autopista directa hacia la iluminación. La sed no funciona igual. Te atormenta cada segundo, te hace pensar, si la locura se puede llamar así; piensas en la próxima ración y en cual de tus compañeros morirá antes, para entonces intentar situarte en el lugar adecuado del cayuco. Cada segundo es una compleja jugada del ajedrez de la supervivencia, donde aquel con quien recorriste media África y compartiste hasta el último gramo de arroz hasta llegar a la costa de Senegal, se convierte en tú personal y fanático torturador, culpable de todos los males que te acorralan; cada instante, cada segundo. Para darte jaque mate al menor descuido. En aquel maldito esquife rumbo a la abundancia y la supuesta dignidad que algunos creen que la acompaña.
Llevaban cuatro días luchando contra el viento del Noreste cuando el motor exhaló su última combustión. La mirada perdida de algunos se trunco en un primer plano de la desesperación. Era como si el sonido del motor Yamaha cuatro tiempos, fuera el de las trompetas de los Ángeles de la Esperanza, que hasta ese momento había echo con su, tup tup tup tup, soportable el martirio. Entonces el llanto de los niños y mujeres a bordo, sonaba como el plañido de una leona herida junto a sus cachorros cuando abandonada por la manada, en la noche de la sabana, sabe con certeza que son la próxima comida de las hienas, que taimadas les acechan para arrebatarla uno a uno a sus cachorros, esperando que exhausta sea pieza fácil en el asalto final.
Los hombres dando rienda suelta a su desesperada testosterona, comenzaron una violenta disputa que derivó en combate cuerpo a cuerpo entre los centroafricanos y los senegaleses. En el fragor de la pelea fraticida, varios hombres enzarzados cayeron sobre la popa, arrastrando con su peso las carcomidas tablas que sostenían el motor. La violenta inclinación del cayuco, permitió que olas hicieran el resto, golpeando la panza del esquife y arrojando como cerillas de una caja de cartón a los que no tuvieron tiempo de agarrarse a algún punto de la nave malherida.
Abu se sostenía colgado por los brazos de la bóveda puntiaguda de la proa, mientras lentamente el cayuco se sumergía. Abu lloraba no por miedo sino porque todo acabara de esa forma, sin haber probado los sueños albergados que le debía su maldita existencia. La mascara de sal que cubría su rostro era lentamente calada por las lagrimas del joven congoleño y cuando sus rodillas comenzaron a sumergirse, observó a la gaviota. Con ojos impasibles el ave marina se acercó a su rostro, para rascar con su pico la mejilla y beberse las últimas lágrimas agridulces del joven africano.
La gaviota observó unos segundos como el cayuco desmembrado se hundía con su valiosa, por única, carga humana ¡Oh, humanidad!
La gaviota abrió en toda su extensión las alas y, con elegancia rozó las olas buscando un golpe de aire que la fuera elevando progresivamente, desde el verde azulón del mar al prístino turquesa del cielo.
Una vez que su instinto localizó las corrientes térmicas que la elevarían donde el aire era tan fino, que el vuelo parecía mágico, buscó con la mirada el rumbo que llevaba grabado en su corazón, hacía una pequeña aldea en el centro del continente madre, África . Allí se reuniría para siempre con su nuevo Clan.

“A mis hermanos de Kenia, en estos momentos de violencia y oscuridad producida por el odio que los opresores despiertan en sus nobles corazones. Pido a la luz de mi humilde meditación, que un día iluminara el yoga, que todos descubramos juntos, que sólo existe una gran tribu a la que todos sin excepción pertenecemos"

RELATO
EL SÍNDROME DEL CÉSAR.
Boston 1.849
La criada de rodillas frotaba con energía el suelo del pasillo, mientras tarareaba una canción de la aldea, en su Irlanda natal. El estruendo del disparo la dejó sin respiración. ¡Oh my good lord! exclamó, mientras de un salto se intentó levantar, al hacerlo sus pies dieron una patada al cubo que derramó el agua con jabón. El líquido vertido se fue deslizando bajo la puerta, formando una pasta grumosa al mezclarse con la sangre y los sesos que se derramaban del escritorio; donde reposaba la cabeza destrozada del escritor J.H.Hanrrahan.
El arma todavía estaba sobre la alfombra ligeramente chamuscada, parecía haber descrito un semicírculo por el retroceso, desde la sien del escritor al suelo. El detective Green tuvo mucho cuidado al cruzar su pequeña navaja por encima del cuerpo de Hanrrahan, al tiempo que sostenía una taza de café ofrecido por la señora Mahoney, propietaria de la casa de huéspedes. La policía había sido avisada en cuanto la señora Mahoney consiguió calmar a su criada y despachar al chico negro hasta la comisaria. El ayudante de Green, el agente Marlow, tomaba notas y se preparaba para la rutina de preguntas que su superior en breve, le plantearía.
-¿Qué le parece el caso, agente Marlow?- preguntó Green.
-Un suicidio sin duda, señor- contestó el agente.
-¿Nada más?-
-El arma, un colt de cinco estrías calibre cuarenta y cinco, herida mortal en la sien derecha, rastros recientes de pólvora en la mano derecha del señor Hanrrahan; una testigo oyó un disparo, uno solo. Ventanas cerradas, cortinas tapadas, en fin señor. Lamentable, pero obvio.- Marlow soltó su resumen de manera telegráfica, sabiendo que el inspector Green comenzaría a desplegar su batería de razonamientos en cuanto acabase. Marlow solía sentirse como un simple espejo, que reflejaba la abrumadora racionalidad del detective.
-Usted sabe que en nuestro oficio debemos ir siempre algo más allá. Efectivamente, nada nos hace pensar que el triste final de este pobre diablo no haya sido el suicidio. Pero observemos un poco más. ¿Se ha fijado en los periódicos que hay encima de su escritorio y en concreto las críticas literarias? Ha observado los diccionarios, en la pluma lista para escribir y que no ha sido usada esta mañana. Fíjese en ese libro, bajo la mano izquierda. El autor es un tal Edgard A. Poe y parece que se titula “Tales of the Grotesque and Arabesque”.-
Marlow entendió enseguida, si bien su valoración personal sería suficiente para la mayoría de los otros detectives de la comisaria. Trabajar con Green era salirse del manual, usaba métodos poco ortodoxos para la época, pero por los resultados, insuperables para el resto de sus colegas.
-¿Usted lee, Marlow?- preguntó el detective.
- Sí señor, la biblia- contestó marcial Marlow
-Me refiero además de las santas escrituras. A otro tipo de literatura, ¿me entiende agente?- destacó Green conciliador.
-Nunca señor, bueno… Una vez leí un libro que encontré en una mansión de las afueras, hablaba de los romances de una bella sureña, que…
-Le entiendo agente, ¿con quién trabajó antes agente?- Green corto en seco.
-El detective Williams, de la octava comisaria, señor-
-¿Qué cree que haría ahora el detective Williams?-
-Sin duda pegarle otro tiro, por cobarde. Señor -
-¿Cree que Hanrrahan era un cobarde? Un hombre desesperado no se convierte necesariamente en un cobarde –
- Con todo mi respeto señor, él no se enfrentó a sus problemas, abandonó, no confió en nuestro Señor. La palabra de Dios es muy clara al respecto. Señor – señaló el cuerpo del escritor.
-Fíjese en esto, agente- Green le pasó los periódicos que se encontraban encima del escritorio. Eran varios ejemplares del Broadway Journal de Nueva york y el Evening Mirror de Filadelfia, señaló con su pluma dos artículos de las secciones de crítica literaria y otro más, un obituario.
Marlow buscó acomodo y se puso a la tarea no sin cierta dificultad, la sangre del escritor había dejado pegadas las páginas. Se enfrascó en la lectura de los tabloides ocultando sus reparos. La puerta sonó al entrar la señora Mahoney, de forma inmediata Green y Marlow se pusieron en pie.
-Era un buen hombre, perdió a toda su familia en la epidemia de Cólera en Galveston; después se alistó como soldado de caballería y le hirieron en una batalla contra los indios Cherokee. No guardaba ningún rencor hacia esos salvajes, decía que creía en sus derechos sobre la tierra sagrada que defendían. Al licenciarse vino a Boston a hacer carrera como escritor. Pasaba días enteros encerrados en su habitación, la pasión le dominaba pero…- la señora Mahoney se esforzaba en contener sus lágrimas.
- Se lo ruego, continúe- le pidió Green.
-Verá detective, todo cambió cuando presentó un cuento al certamen de la Sociedad Literaria de Boston. Un crítico malnacido le humilló en público, le llamo paleto con pretensiones y le sugirió que volviera a trabajar en los campos de algodón o asesinar indios. Y que ese era el único trabajo al que debía aspirar - la señora Mahoney ya no podía ocultar las lágrimas.
-¿Recuerda el nombre del crítico literario?- preguntó el detective.
-No estoy segura detective, pero el señor Hanrrahan guardaba en su escritorio todas las críticas y periódicos relacionados con su trabajo - contestó la señora Mahoney.
- Edgard A. Poe, y murió hace tres días- aseguró Marlow con la mirada fija en los periódicos ensangrentados.
- Curioso ¿verdad? Agente eche un vistazo a la librería, por favor- sugirió Green.
Marlow comenzó a examinar las estanterías, era evidente que los libros situados en paralelo a la sien izquierda de Hanrrahan, habían recibido de lleno el proyectil y la metralla cerebral de su propietario. Sin embargo el lomo de un libro parecía haber sido colocado de manera horizontal y ligeramente inclinado. El agente retiró el tomo y dirigió su mirada hacia Green.
-“La guerra de las Galias” de un tal Cayo Julio César, italiano ¿no?- preguntó el agente.
- Algo así. Muy bien agente. Señora Mahoney esta habitación se mantendrá cerrada hasta que el juez tome una decisión, la funeraria retirará el cadáver en breve - ordenó el detective.
- Sí señor Green ¿los libros y el escritorio se van a quedar así?- preguntó Mahoney.
- Por el momento sí, serían convenientes unas sabanas señora Mahoney -
Marlow mantuvo la mirada en el detective. Los sabuesos siempre esperan una orden para comenzar el rastreo. Green dirigió su dedo índice a los labios mientras la señora Mahoney abandonaba la habitación.
- ¿Señor, alguna teoría?-
- En efecto, pero es más bien una leyenda y no me atrevería a exponerla ante un juez y, mucho menos al capitán. Aunque no tendría inconveniente en hacerlo ante unas cuantas pintas de cerveza ¿me acompaña agente?-
-Creo que es la única manera de enterarme de algo, señor- respondió Marlow.

Egipto 48 A.C.
Los tres jinetes se destacaron sobre las dunas que rodeaban el templo. El líder llamado Catulo, fue alistado como tropa auxiliar al servicio de Roma desde su más temprana juventud. Al acercarse al templo una figura vestida con toga sacerdotal salió a recibirle, en breve le acompañaron otras. Cuando Catulo freno su caballo se encontraba a unos dos metros del sacerdote, en marcha desmontó y llevándose la mano derecha a la empuñadura de la falcata, sacó de su vaina la espada íbera para en un continuo movimiento describir una letal trayectoria en círculo, alcanzando de lleno el cuello del sacerdote. Este murió antes de que sus rodillas comenzaran a flexionar. El resto de sacerdotes y vestales ante una primera reacción de asombro huyeron aterrados, Catulo giró su cabeza dando una orden a los jinetes númidas de su patrulla de exploradores, estos con un chillido de entusiasmo salvaje se lanzaron en persecución de los fugitivos. En 200 años el templo jamás había sido atacado, en veinte segundos Catulo y sus hombres habían exterminado a los protectores y herederos del tesoro que se ocultaba en una de sus cámaras.
Catulo al comprobar la eficacia de sus hombres izó su cuerno de cabra, un tono primitivo e inconfundible, surgió del basto hueso. Esa era la señal que esperaba la escolta pretoriana para descender entre las dunas. Una figura embozada en su capa de campaña destacaba de los otros seis jinetes. Al llegar a la entrada del templo descabalgó, el arqueo de sus delgadas piernas debido a décadas de campañas militares, no desmerecían la esbelta figura cubierta por una coraza dorada. El rostro severo con bien definidos rasgos se asemejaba al de un águila real, siempre atenta y concentrada, lista para todo.
El decurión Catulo había preparado tres antorchas sujetas por una cinta de cuero, la falcata en la mano derecha lista para abrirse paso por el túnel del templo. El emperador antes de entrar retiró la capucha de su capa, un pretoriano con escudo y lanza pesada le precedía. El explorador caminó 60 pasos y la luz de su antorcha iluminó una cámara de doble altura. Las paredes estaban decoradas con símbolos y dibujos, que Catulo no entendía y aun menos le preocupaba. El centro lo dominaba un busto que el íbero iluminó, no era de oro ni plata ni tan siquiera de metal. Catulo solo vio una cara echa de barro y se sintió tan desconcertado como siempre que entraba en un templo egipcio; el desconcierto le duró hasta que Cayo Julio César pisó la sala.
En doce pasos el emperador se situó frente al busto y su plataforma de granito, era evidente que la austeridad había tomado parte en la inspiración del artista. César observó las perfectas y equilibradas medidas de la cabeza pero hubo algo que llamó más su atención. Las líneas clásicas y equilibradas de la escuela griega, eran la base de algo bárbaro u oriental, los cabellos tenían un moldeado caprichoso incluso excéntrico, parecía como si fueran a cobrar vida, los aretes en las orejas y el collar eran de un tipo que jamás el emperador había visto; después de conocer íntimamente a Cleopatra y, el vestidor de la reina más bella de la época, pensaba que en cuanto abalorios los había visto todos.
César lo comprendió rápidamente era Alejandro Magno en su esencia, griego de educación, conquistador del imperio Persa, y el general que mandó el único ejercito europeo que había llegado hasta la misteriosa India.
Catulo observo con sorpresa como su general comenzaba a llorar, pero no entendía el porqué; el conquistador de la Galia, el hombre que cruzo el Rubicón y fracturó Roma. El que después había con la fuerza de la espada ganado y asegurado más territorio que cualquier otro para los hijos de la loba, Roma.
El Íbero no podía entender que la admiración del emperador por aquella figura hoy se tornaba en sufrimiento incurable al comprender que hiciera lo que hiciese en vida, jamás la historia le pondría en su galería intemporal, junto Alejandro el hijo de Zeus.