Friday, February 15, 2008

RELATO
EL SÍNDROME DEL CÉSAR.
Boston 1.849
La criada de rodillas frotaba con energía el suelo del pasillo, mientras tarareaba una canción de la aldea, en su Irlanda natal. El estruendo del disparo la dejó sin respiración. ¡Oh my good lord! exclamó, mientras de un salto se intentó levantar, al hacerlo sus pies dieron una patada al cubo que derramó el agua con jabón. El líquido vertido se fue deslizando bajo la puerta, formando una pasta grumosa al mezclarse con la sangre y los sesos que se derramaban del escritorio; donde reposaba la cabeza destrozada del escritor J.H.Hanrrahan.
El arma todavía estaba sobre la alfombra ligeramente chamuscada, parecía haber descrito un semicírculo por el retroceso, desde la sien del escritor al suelo. El detective Green tuvo mucho cuidado al cruzar su pequeña navaja por encima del cuerpo de Hanrrahan, al tiempo que sostenía una taza de café ofrecido por la señora Mahoney, propietaria de la casa de huéspedes. La policía había sido avisada en cuanto la señora Mahoney consiguió calmar a su criada y despachar al chico negro hasta la comisaria. El ayudante de Green, el agente Marlow, tomaba notas y se preparaba para la rutina de preguntas que su superior en breve, le plantearía.
-¿Qué le parece el caso, agente Marlow?- preguntó Green.
-Un suicidio sin duda, señor- contestó el agente.
-¿Nada más?-
-El arma, un colt de cinco estrías calibre cuarenta y cinco, herida mortal en la sien derecha, rastros recientes de pólvora en la mano derecha del señor Hanrrahan; una testigo oyó un disparo, uno solo. Ventanas cerradas, cortinas tapadas, en fin señor. Lamentable, pero obvio.- Marlow soltó su resumen de manera telegráfica, sabiendo que el inspector Green comenzaría a desplegar su batería de razonamientos en cuanto acabase. Marlow solía sentirse como un simple espejo, que reflejaba la abrumadora racionalidad del detective.
-Usted sabe que en nuestro oficio debemos ir siempre algo más allá. Efectivamente, nada nos hace pensar que el triste final de este pobre diablo no haya sido el suicidio. Pero observemos un poco más. ¿Se ha fijado en los periódicos que hay encima de su escritorio y en concreto las críticas literarias? Ha observado los diccionarios, en la pluma lista para escribir y que no ha sido usada esta mañana. Fíjese en ese libro, bajo la mano izquierda. El autor es un tal Edgard A. Poe y parece que se titula “Tales of the Grotesque and Arabesque”.-
Marlow entendió enseguida, si bien su valoración personal sería suficiente para la mayoría de los otros detectives de la comisaria. Trabajar con Green era salirse del manual, usaba métodos poco ortodoxos para la época, pero por los resultados, insuperables para el resto de sus colegas.
-¿Usted lee, Marlow?- preguntó el detective.
- Sí señor, la biblia- contestó marcial Marlow
-Me refiero además de las santas escrituras. A otro tipo de literatura, ¿me entiende agente?- destacó Green conciliador.
-Nunca señor, bueno… Una vez leí un libro que encontré en una mansión de las afueras, hablaba de los romances de una bella sureña, que…
-Le entiendo agente, ¿con quién trabajó antes agente?- Green corto en seco.
-El detective Williams, de la octava comisaria, señor-
-¿Qué cree que haría ahora el detective Williams?-
-Sin duda pegarle otro tiro, por cobarde. Señor -
-¿Cree que Hanrrahan era un cobarde? Un hombre desesperado no se convierte necesariamente en un cobarde –
- Con todo mi respeto señor, él no se enfrentó a sus problemas, abandonó, no confió en nuestro Señor. La palabra de Dios es muy clara al respecto. Señor – señaló el cuerpo del escritor.
-Fíjese en esto, agente- Green le pasó los periódicos que se encontraban encima del escritorio. Eran varios ejemplares del Broadway Journal de Nueva york y el Evening Mirror de Filadelfia, señaló con su pluma dos artículos de las secciones de crítica literaria y otro más, un obituario.
Marlow buscó acomodo y se puso a la tarea no sin cierta dificultad, la sangre del escritor había dejado pegadas las páginas. Se enfrascó en la lectura de los tabloides ocultando sus reparos. La puerta sonó al entrar la señora Mahoney, de forma inmediata Green y Marlow se pusieron en pie.
-Era un buen hombre, perdió a toda su familia en la epidemia de Cólera en Galveston; después se alistó como soldado de caballería y le hirieron en una batalla contra los indios Cherokee. No guardaba ningún rencor hacia esos salvajes, decía que creía en sus derechos sobre la tierra sagrada que defendían. Al licenciarse vino a Boston a hacer carrera como escritor. Pasaba días enteros encerrados en su habitación, la pasión le dominaba pero…- la señora Mahoney se esforzaba en contener sus lágrimas.
- Se lo ruego, continúe- le pidió Green.
-Verá detective, todo cambió cuando presentó un cuento al certamen de la Sociedad Literaria de Boston. Un crítico malnacido le humilló en público, le llamo paleto con pretensiones y le sugirió que volviera a trabajar en los campos de algodón o asesinar indios. Y que ese era el único trabajo al que debía aspirar - la señora Mahoney ya no podía ocultar las lágrimas.
-¿Recuerda el nombre del crítico literario?- preguntó el detective.
-No estoy segura detective, pero el señor Hanrrahan guardaba en su escritorio todas las críticas y periódicos relacionados con su trabajo - contestó la señora Mahoney.
- Edgard A. Poe, y murió hace tres días- aseguró Marlow con la mirada fija en los periódicos ensangrentados.
- Curioso ¿verdad? Agente eche un vistazo a la librería, por favor- sugirió Green.
Marlow comenzó a examinar las estanterías, era evidente que los libros situados en paralelo a la sien izquierda de Hanrrahan, habían recibido de lleno el proyectil y la metralla cerebral de su propietario. Sin embargo el lomo de un libro parecía haber sido colocado de manera horizontal y ligeramente inclinado. El agente retiró el tomo y dirigió su mirada hacia Green.
-“La guerra de las Galias” de un tal Cayo Julio César, italiano ¿no?- preguntó el agente.
- Algo así. Muy bien agente. Señora Mahoney esta habitación se mantendrá cerrada hasta que el juez tome una decisión, la funeraria retirará el cadáver en breve - ordenó el detective.
- Sí señor Green ¿los libros y el escritorio se van a quedar así?- preguntó Mahoney.
- Por el momento sí, serían convenientes unas sabanas señora Mahoney -
Marlow mantuvo la mirada en el detective. Los sabuesos siempre esperan una orden para comenzar el rastreo. Green dirigió su dedo índice a los labios mientras la señora Mahoney abandonaba la habitación.
- ¿Señor, alguna teoría?-
- En efecto, pero es más bien una leyenda y no me atrevería a exponerla ante un juez y, mucho menos al capitán. Aunque no tendría inconveniente en hacerlo ante unas cuantas pintas de cerveza ¿me acompaña agente?-
-Creo que es la única manera de enterarme de algo, señor- respondió Marlow.

Egipto 48 A.C.
Los tres jinetes se destacaron sobre las dunas que rodeaban el templo. El líder llamado Catulo, fue alistado como tropa auxiliar al servicio de Roma desde su más temprana juventud. Al acercarse al templo una figura vestida con toga sacerdotal salió a recibirle, en breve le acompañaron otras. Cuando Catulo freno su caballo se encontraba a unos dos metros del sacerdote, en marcha desmontó y llevándose la mano derecha a la empuñadura de la falcata, sacó de su vaina la espada íbera para en un continuo movimiento describir una letal trayectoria en círculo, alcanzando de lleno el cuello del sacerdote. Este murió antes de que sus rodillas comenzaran a flexionar. El resto de sacerdotes y vestales ante una primera reacción de asombro huyeron aterrados, Catulo giró su cabeza dando una orden a los jinetes númidas de su patrulla de exploradores, estos con un chillido de entusiasmo salvaje se lanzaron en persecución de los fugitivos. En 200 años el templo jamás había sido atacado, en veinte segundos Catulo y sus hombres habían exterminado a los protectores y herederos del tesoro que se ocultaba en una de sus cámaras.
Catulo al comprobar la eficacia de sus hombres izó su cuerno de cabra, un tono primitivo e inconfundible, surgió del basto hueso. Esa era la señal que esperaba la escolta pretoriana para descender entre las dunas. Una figura embozada en su capa de campaña destacaba de los otros seis jinetes. Al llegar a la entrada del templo descabalgó, el arqueo de sus delgadas piernas debido a décadas de campañas militares, no desmerecían la esbelta figura cubierta por una coraza dorada. El rostro severo con bien definidos rasgos se asemejaba al de un águila real, siempre atenta y concentrada, lista para todo.
El decurión Catulo había preparado tres antorchas sujetas por una cinta de cuero, la falcata en la mano derecha lista para abrirse paso por el túnel del templo. El emperador antes de entrar retiró la capucha de su capa, un pretoriano con escudo y lanza pesada le precedía. El explorador caminó 60 pasos y la luz de su antorcha iluminó una cámara de doble altura. Las paredes estaban decoradas con símbolos y dibujos, que Catulo no entendía y aun menos le preocupaba. El centro lo dominaba un busto que el íbero iluminó, no era de oro ni plata ni tan siquiera de metal. Catulo solo vio una cara echa de barro y se sintió tan desconcertado como siempre que entraba en un templo egipcio; el desconcierto le duró hasta que Cayo Julio César pisó la sala.
En doce pasos el emperador se situó frente al busto y su plataforma de granito, era evidente que la austeridad había tomado parte en la inspiración del artista. César observó las perfectas y equilibradas medidas de la cabeza pero hubo algo que llamó más su atención. Las líneas clásicas y equilibradas de la escuela griega, eran la base de algo bárbaro u oriental, los cabellos tenían un moldeado caprichoso incluso excéntrico, parecía como si fueran a cobrar vida, los aretes en las orejas y el collar eran de un tipo que jamás el emperador había visto; después de conocer íntimamente a Cleopatra y, el vestidor de la reina más bella de la época, pensaba que en cuanto abalorios los había visto todos.
César lo comprendió rápidamente era Alejandro Magno en su esencia, griego de educación, conquistador del imperio Persa, y el general que mandó el único ejercito europeo que había llegado hasta la misteriosa India.
Catulo observo con sorpresa como su general comenzaba a llorar, pero no entendía el porqué; el conquistador de la Galia, el hombre que cruzo el Rubicón y fracturó Roma. El que después había con la fuerza de la espada ganado y asegurado más territorio que cualquier otro para los hijos de la loba, Roma.
El Íbero no podía entender que la admiración del emperador por aquella figura hoy se tornaba en sufrimiento incurable al comprender que hiciera lo que hiciese en vida, jamás la historia le pondría en su galería intemporal, junto Alejandro el hijo de Zeus.

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