AMA DABLAN
La temperatura descendía cada vez más y ella sentía como sus manos se apelmazaban por el esfuerzo titánico que ejercían sobre las cuerdas y el piolet. Apenas quedaban cuarenta metros para alcanzar la cumbre de la montaña llamada Ama Dablan. Edurne se había destacado sobre sus dos compañeros de asalto, el vasco Eneko y el Serpa nepalí Koortang.En la reunión previa al definitivo ataque lo habían acordado así, Eneko abriría la ruta mientras Koor aseguraría los anclajes y si tenían la oportunidad el que estuviera en mejores condiciones de lo tres coronaría la cima.
La montaña Ama Dablan situada en Nepal tiene una altitud de seis mil novecientos metros y su cara norte es de una dificultad extrema, sin llegar a ser necesario el uso de oxígeno, el aire es tan ligero que respirar se convierte en una diabólica tortura. Intentar la ascensión en la época de los monzones, cuando más inestable es el tiempo atmosférico, era de una osadía que rayaba en la locura.
Edurne a sus veintitrés años ya era considerada una veterana alpinista y a su depurada técnica se añadía una relación peso potencia extraordinaria, era tan valiente como decidida y sabía mantener la cabeza fría en situaciones extremas. Aquel día, era una situación extrema, después de tanto trabajo y preparación no podían fracasar y ella sería la encargada de romper el mito.
Eneko agotado por el brutal esfuerzo de abrir una vía virgen en la cara norte de la montaña observaba a su compañera de cuerda con expectación; normalmente el estaría en el lugar de ella, pero a sus cuarenta y dos años y después de haber coronado más de diez “ocho miles”, sus retos eran de un carácter bien distinto a los que le habían impulsado a lo largo de su brillante carrera como alpinista. El vasco había descubierto que la verdadera superación no estaba en los obstáculos geográficos de la tierra sino en el interior de cada ser humano.
Koor no era un Serpa muy convencional, alistado en las tropas Gurkas al servicio del ejército Indio, desde muy joven había sido enviado a combatir en la frontera indo-pakistaní, en una guerra que no era la suya, y que se libraba a las puertas del cielo. Las batallas, que nunca tenían lugar a menos de cuatro mil metros, hacían que los hombres implicados se despedazaran por un territorio que pertenecía a los dioses. Cuando Koor lo comprendió, desertó, y pidió asilo en un convento, donde se dedicó a la búsqueda de la paz interior en el camino del Maha Mudra. Una vez liberado descendió y quiso dedicarse entonces a ayudar a los hombres en el Yoga (camino) de la iluminación. Unos necesitaban de amor y consuelo, otros escalar montañas…
La joven avanzaba atacando la pared de hielo con su piolet y proyectando sus músculos en cada paso que daba, y como una araña, se aferraba a cada punto en el que su cuerpo entraba en contacto con el hielo. Todo ejercicio era dolor, desde la inspiración del aire que parecía como si absorbiera cuchillas de hielo por su garganta, hasta la expiración que proyectaba lava candente por sus ateridos y finos labios. Las sienes marcaban el asimétrico bombeo de su sistema circulatorio, y como los tambores de un barco de galeotes le imponían un ritmo cruel. Cada metro era un desafió y su mente quería huir de aquel suplicio, evadirse hacía algún lugar tan lejano en el tiempo como en el espacio.
La temperatura había descendido a veinticinco grados bajo cero como pudo comprobar Eneko en su reloj, el viento del Noroeste a más de setenta kilómetros por hora generaba una sensación térmica de menos treinta y dos grados. En esas condiciones prolongar más de cuarenta minutos su exposición en la cima sería suicida. Decidió asegurar con una doble lazada los anclajes de seguridad, e hizo una ostensible señal a Koor para que observase la maniobra y se asegurase él también. Iban a por todas y Edurne tendría que resolver por si sola los últimos treinta metros.
Quedarse a treinta metros de la cúspide era una mueca cruel del destino, pero no sería la primera vez que le ocurría. En el K-2 se había quedado a veinte metros y sin dos de sus mejores amigos y compañeros. No pudo bajar sus cuerpos hasta que llego la primavera.La montaña se quedo con ellos como si de rehenes se tratara para castigar su orgullo y osadía.
Los ojos entrenados del Serpa observaron la evolución de las nubes que se destacaban en el cielo, pudo intuir lo que se les venía encima, apenas les quedaba tiempo para descender con seguridad, si la chica occidental se retrasaba tendría que intervenir.
Pequeñas estrellas se le aparecían en su visión y sabía que era una clara señal de extenuación, decidió abandonar cualquier duda o pensamiento y mantuvo la mirada fija en el pico que iluminado por el sol se mostraba quimérico, e inalcanzable. Unas esquirlas de hielo le arañaron dolorosamente el carrillo derecho de su cara. La piel rosada que un día no muy lejano era tersa y suave se había convertido en un cuero tumefacto con un preocupante tono azulado. Sus bellos ojos marrones se mostraban inflamados, fanáticos. Ya nada le importaba y se había deshecho de toda condición humana, en aquel instante en la montaña ya no era la joven mujer de hacía unas horas, sino un ser torturado, un devoto peregrino hacía su inmolación.
Cuando Koor observó la distancia que separaba el pico de la joven se concentró ensimismado en el terrible espectáculo y unas sencillas palabras acunadas por un ritmo tántrico surgieron de su corazón. El Mantra de la Eterna Compasión envolvió progresivamente al pequeño hombre y su tono monocorde se impuso al rugido del implacable viento asiático…
La emoción que Eneko sentía iba en aumento conforme veía la progresión de su compañera, Edurne estaba conquistando la montaña con la determinación de quien se sabe vencedor o el que intuye que la derrota sólo significa la muerte. Ya no había marcha atrás, sólo le restaban unos metros, de los ojos del vasco comenzaron a brotar las lágrimas que conforme se deslizaban por las mejillas se congelaban en su áspera barba.
En los últimos metros Edurne se sentía impulsada por una fuerza que parecía surgir de las entrañas del Ama Dablan, y una monótona melodía invadió sus oídos que dulcemente la consolaba de su inmenso dolor mientras daba sus últimos pasos hacía el cenit de la inmensa montaña.
Koor observó como la joven clavaba en la cima la bandera verde con la paloma blanca en su centro, y sonrió. Todavía quedaba algo por hacer. Se deshizo de las cuerdas y apoyó sus rodillas en la nieve, de su anorak sacó un cilindro de cuero gastado y con sumo cuidado lo enterró.
En la antigua tradición de las tribus nepalíes se respeta a las montañas como si de seres vivos se tratara, por lo tanto si obtienes algo de la montaña ya sea material o espiritual, has de devolverle algo que signifique lo mismo para ti. Koor enterró su Paetang o escapulario sagrado, que representa el Buda de la eterna compasión.

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