RELATO
Ancla-Horizonte.
El niño subía corriendo la pequeña colina de arena en cuanto el sol comenzaba a retirarse entre el mar y las montañas. Cada día a la misma hora sin falta el pequeño se colocaba en mismo lugar se llevaba las manos a la cara por unos instantes, giraba sobre si mismo y empezaba a correr colina abajo. Para mí se había convertido en una rutina tan obsesiva como seguir las cinco llamadas a la oración de la mezquita cercana. A las cinco de la mañana el fervor de la voz me despertaba y las palabras “Dios es grande, Dios es grande…” me hacían recordar porqué estaba allí, en aquel piso al final de un maldito desierto, esperando a una mujer que amaba.
Cuando acabó el Ramadan Sabrina me pidió que la acompañara al Cairo para presentar unos papeles en la embajada Italiana. Quería homologar su título de filología árabe para poder dar clases a los expatriados europeos. El delegado de la embajada le había preparado la documentación que debía presentar en el ministerio de cultura egipcio, la advirtió que los trámites en la administración egipcia llevarían tiempo. Pasamos aquellos días ocupados en busca de tesoros en el zoco cairota de Al-Kalili durante el día, para por la noche seguir buscando otro tesoro, el de nuestro amor en la cama del hotel Nile Views.
Una mañana al despertar, noté que ella faltaba, primero repare en la ausencia de su aroma en las sabanas de la cama, que aquella mañana ya estaba bañada por el sol dejándola como el desierto, caliente y seca. La habitación por su ausencia parecía más grande, observe que la parte que ocupaba en el armario estaba vació, no me hizo falta leer la carta que estaba encima del televisor para saber que se había marchado.
Volví al apartamento del desierto y me senté en el sofá que daba a la ventana, ignoro cuanto tiempo pasó y deje de contar las oraciones. La noche y el día pasaban como una vieja película de súper-ocho, sólo aquel niño me llamaba la atención que con su rutina rompía el bucle mental en el que me hallaba.
Mohamed el portero subía la compra los miércoles, un Salam Aleikum las bolsas de comida y yo le daba las cien libras de siempre. Un día coincidió, bajé la basura que se amontonaba en el apartamento y al entregársela a Mohamed vi al niño que subía corriendo la colina. Le pregunté a Mohamed en el mejor árabe que pude, qué diablos hacia todos los días aquel chiquillo. ¡Yusef! Gritó el portero, el niño giró la cabeza y en su carrera subió a la colina e hizo lo de todos los días, se dio la vuelta y bajo corriendo hasta el portal de la casa. A las preguntas del portero, Yusef le enseñó la cámara que llevaba en el bolsillo de la túnica, le contó que hace unos meses una mujer italiana mientras paseaba le había dicho que aunque subiese mil veces la colina, a la misma hora, todos los días, jamás vería el mismo horizonte. Yusef no la creyó. Para demostrarlo le había regalado varias cámaras desechables y retado a fotografiar tantas veces como pudiera aquel panorama, hasta que ella volviese y revelara las fotos. Sonreí, esa era Sabrina, pero no volvería.
A la sonrisa le siguieron las lagrimas histéricas que brotaban de mis ojos cuando creí comprender, por mil veces que mires el horizonte nunca será el mismo, la constante rotación y traslación terrestre lo impide. Sí, cuanto más cercano parece algo y lo crees más seguro que casi crees tocarlo. Pero todo puede ser una ilusión; como el espejismo de un ancla en el desierto a la que me sentía encadenado.

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