RELATO
Libros y Café.
La lluvia ácida roe mi gorro de lana mientras hago cola para entrar en el Starcaf, el libro que llevo bajo mi abrigo está en la bolsa de Kevlar con funda interior de material ignífugo. Recuerdo la zona donde está el Café Starcaf, cuando tenía 40 años, hace ya mucho tiempo, todavía la llamaban Glorieta de Bilbao, incluso mucho después de que cambiaran de nombre a la ciudad.
No me gusta vender libros, sobre todo si son de papel auténtico. En sitios públicos rara vez lo hago, pero ya no me queda crédito ni muchas más opciones, he cumplido 83 años y no tengo donde caerme muerto. El cliente ha insistido en el sitio y la hora, no suelo trabajar así pero al aceptar mi precio por el libro, ciento veinte mil euroyens, él manda.
Sólo quedan tres jóvenes delante de mí para acceder al Café Starcarf, me parecen muy bajitos para esta zona de la ciudad, quizás sean de origen asiático, uno de ellos tiene unos llamativos ojos azul cobalto y me parece una chica, pero en estos tiempos se cambia tanto de sexo como de modas en mi juventud, lleva un sistema de comunicaciones con pantalla interactiva todo tiempo, cuelga de su chaqueta expuesta a la lluvia. La máquina que les atiende “habla” en algún dialecto euroasiático, no entiendo una sola silaba; me apetece un café caliente con algún derivado lácteo.
No he olido el café auténtico desde el 2.037, cuando la guerra con la Federación Americana acabó y el bloqueo aeronaval impuesto por la Unión Euroasiática Federada cesó. Aquella guerra se ganó pagando un precio terrible, 37 millones de muertos entre ambos bandos, pero cesaron las emisiones y el derecho de los americanos a usar sus reservas forestales, minerales y de combustibles fósiles. Recuerdo que alguno recuperó la esperanza, un término que ya no se asocia con facilidad al destino de nuestra especie.
Mientras el pasado ronda mi cabeza los pelos de la nariz vibran excitados por el olor del café, sé que es un genético pero el aroma es casi perfecto. Con mi taza de Steryofan termo sellada en la mano derecha analizo la sala donde esperar al cliente, con la izquierda activo el blindaje de mi abrigo y de manera distraída me quito el viejo gorro de lana activando el escáner de escucha pasiva. Un joven de espaldas tiene una ergobutaca libre delante de su mesa, parece absorto en la pantalla de la mesa. Giro mi cabeza de izquierda a derecha para que el escáner haga un barrido completo de la sala, las puertas de emergencia son de freón sólido, en caso de una alteración de temperatura, congelaran la fuente de calor en un nanosegundo. También son un buen objetivo sobre el que disparar mis armas y generar el caos.
Elijo al joven absorto, mi intuición humana ha conseguido traerme hasta aquí; corrompiendo funcionarios de la federación ibérica hasta su antigua capital, hoy un museo temático y, hakeando a robots de seguridad a los que mis pupilas esmaltadas en diamante leen sus propios códigos Codesec-wy403 de última generación. Es gracioso que mi generación humana fuera la que inventó todo este tinglado. Ese fugaz pensamiento me hace sonreír mientras con mi taza provoco al chaval absorto, para así hacer una buena lectura de su mirada.
- Señor su vaso está sobre la pantalla- me dice lo que ahora me parece una chica.
- Perdona no me he dado cuenta- le digo retirando la taza a la izquierda mientras veo la pantalla y huelo su pecho.
- No se preocupe, es que estoy perdida y quiero reservar un pase de salida de la federación, ¿es usted de por aquí? -
- Nací aquí cerca, en un sitio que llamaban Hospital Clínico, pero hace mucho tiempo que no he podido volver. Poco crédito y peor seguro- finjo sonreír, huele a silicona biológica con una mala mezcla de esencias humanas y perfume industrial.
- ¿Nació en Matrit? Es usted matrilenio- sus ojos definitivamente no me gustan.
- Madrileño con d y ñ, y soy lo suficiente viejo para serlo ¿no crees?- todavía tengo tiempo. Ajusto bajo el abrigo el arma.
- No he conocido a muchos y, menos de origen íbero- palabra mágica.
- ¿Tu eres Peter?- digo impresionado.
- Y tu Iberianfox ¿No?- sus ojos se aceran. Suelto el seguro.
- Patético verdad- llevo 15 años trabajando en la red con el traficante holandés.
- ¿El alias? A tu edad nada debería serlo- su tono condescendiente suena a grabación analógica de película en blanco y negro del siglo 20. Pobre Peter que habrán echo con él.
- Peter es un buen nombre, común y suena honesto ¿El dinero? – estoy en peligro.
- ¡Primero el libro, ahora, aquí!- no parece querer negociar está bien cubierta.
- ¡Venga bicho el puto dinero!- alzo la voz y busco reacciones alrededor de la mesa.
- ¿Bicho, cómo te has dado cuenta?- parece conciliador ahora, buen software, pero los clónicos tienen el mismo ego que sus diseñadores. No entienden el error.
- No has tocado el café, tus ojos son de fibra, sin brillo. ¿En fin, has visto o te han pasado por el disco la película Blade Runner? - distraigo su atención con una mano, mientras me preparo.
- ¿Qué?
- Pues si la viste, te ha condenado a muerte- el arma surge de mi abrigo equilibrada y lista, abro fuego sobre su rostro que se deshace. Me levanto con el escáner vibrando en mis sienes y ni tengo que mirar a los dos bichos que se levantan de una mesa. Abro fuego con munición fragmentada, mientras, pienso en el libro, un RBA de Jonathan Mittel, Las benévolas. Buen papel y una extraordinaria historia sobre el Holocausto Judío. Lo dejo sobre la mesa, su destino ya no está en mis manos; afuera estarán los grupos tácticos de la federación. Noto proyectiles impactando en mi abrigo pronto acertaran en la cabeza. No siento pena por mí. Ya nadie escribe, nadie lee.

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