RELATO
120 HORAS.
La gaviota irguió un poco el pecho bajando la cola para ascender, esperaba encontrar los vientos del Noreste que la llevaría hacia el sur del Océano Atlántico. En pocos segundos su culo emplumado noto el frescor de estos, estabilizó su posición consiguiendo un planeo cómodo y ascendente que la llevaría hasta el archipiélago de Cabo Verde, donde pararía para reunirse al clan. A la izquierda por sotavento podía ver la masa continental africana y las inmensas planicies desérticas del Sahara. Ese no era un buen sitio para las gaviotas, no había agua. En su escrutinio aéreo observó un pequeño punto en la inmensidad del mar, también percibió un olor característico que su cerebro asoció con comida fácil. Picó con el cuello a la izquierda, y el resto del cuerpo lo siguió.
El destartalado esquife apestaba a sudor, podredumbre y excrementos humanos;
36 hombres y mujeres africanos se repartían hacinados entre los cadáveres de sus compañeros de singladura. El sueño de Europa les había traído hasta ese punto en medio del océano; la escasez de agua y la comida salada compuesta de ugali (pasta de maíz cocida) y aceite de sardinas, apenas los mantenía con vida para cumplir su quimera. Abu, el congoleño y el más veterano en cuanto a intentos se tratara, mantenía fija la mirada en el horizonte, esperaba ver una isla o cualquier navío de la flota española que pescara o patrullase la costa canaria. Observó como la gaviota con un suave planeo se posó en la punta del madero al que se ensamblaban a proa las carcomidas planchas solapadas del cayuco. Su bello y joven rostro parecía una estatua, por el salitre con que la mordaz brisa marina les castigaba constantemente. Sabía que no tenía la más mínima posibilidad de cazarla y que era el pájaro marino, quien les había cazado a ellos, transporte y comida gratis hasta que se cansara y siguiese su camino. Ya había pasado por unas cuantas situaciones parecidas con anterioridad, pero entonces habían partido desde el Aiunm mucho más al norte. Abu había crecido en la profundidad de la selva congoleña, pero sabía que aquel viento del Noreste, terminaría con el combustible del motor, dirigiendo la derrota del cayuco hacia el oeste, donde serian tragados por el océano, en una paulatina y macabra ruleta, donde los rojos son el tiempo y los negros el horror.
Los niños primero, después los enfermos, especialmente los de sida y por último los más duros, crueles e implacables; los que podrían beber la sangre de los compañeros caídos antes que esta se coagulase, así como despedazar las magras carnes de estos con la poca humanidad ¡Oh, humanidad! Que entonces aun quedara, en el cayuco.
Abu, años antes había llegado a un sitio que llamaba Tangir y después de haber hecho cosas horribles, que le avergonzaban, satisfaciendo los más básicos e innobles deseos, tanto de los hombres árabes como europeos, que en las oscuras esquinas de la casbah, pagaban por el placer, no del amor, sino de la sádica y momentánea posesión de los más débiles.
Abu solo se consolaba de aquellas humillaciones por la necesidad del dinero y, lo necesitaba especialmente allí, casi al final del camino, con la civilizada Europa a la vista. Debía pagar a corruptos policías marroquíes que un día harían la vista gorda y permitirían que un grupo de negree intentaran en masa asaltar un punto específico de la verja. Los españoles reforzaban las verjas con traicioneras alambradas de espino, en doble X cruzada, como en un Verdun silencioso, africano. Una vez cortada la primera verja la alarma se disparaba, tenias tres minutos, entonces te habrías paso a golpes para encontrarte veinte metros después en un terraplén de cemento liso, con otra valla aun más alta, que sólo la desesperación y el cuerpo enganchado, de un desafortunado compañero que le precedía le ayudó a saltar, para a los pocos metros, darse de bruces con aquel soldado, africano como él, vestido con un uniforme verde claro y cubierto por un estúpido gorro alargado con una pelotita colgando en su frente. Este de un implacable culatazo en la cabeza le marcó la meta y el fin de su odisea.
Abu no entendía de ironías y menos aun aquella, pues aquel Legionario guineano, unos años antes había estado en las mismas circunstancias, sencillamente tuvo más suerte. Abu sólo entendía del tiempo, porque como buen africano, tenía paciencia y una resolución que solo crece allí donde se ven crecer los mangos que caen tres veces al año por su propio peso.
En la inmensidad del mar hay mucho tiempo para pensar, hay tiempo incluso para dar un nombre a todos y cada uno de los mangos que había en su provincia natal, Kivu. Y para recordar a Mama Mwende, Papa Kuria y los pequeños Inmbeze, Julina y el pequeñín Pepsi. ¿Qué sería de ellos? Seguro que habrían escapado de los despiadados interahamwe ruandeses, que después del holocausto de Ruanda, huían de sus crímenes con implacables mercenarios surafricanos dándoles caza, a cien dólares la oreja. La horda Hutu se había internado en el Congo arrasando todas las pacificas comunidades de la frontera de Kivu oriental. Papa Kuria conocía la selva y la guerra, por haber luchado contra los belgas y sus mercenarios europeos en la guerra de la independencia. Sí, seguro que estaría en algún campo de Burundi o Angola donde la ONU o los barrenderos de los blancos como los llamaba Papa Kuria, les habrían acogido. Algunos, de entre aquellos millones de blancos rechonchos, eran solidarios y así, otros, podían cenar tranquilos, viendo las noticias de la tele y sintiéndose parte de la verdadera y única historia. Aquello le hacia mucha gracia a Abu, por haber experimentado en su frente la expeditiva hospitalidad que demostraban aquellos mismos blancos, y sicarios uniformados en sus fortificadas fronteras.
El hambre te genera una flojedad casi embriagadora, mística dicen algunos que ingenuamente la practican como forma de purificación o de autopista directa hacia la iluminación. La sed no funciona igual. Te atormenta cada segundo, te hace pensar, si la locura se puede llamar así; piensas en la próxima ración y en cual de tus compañeros morirá antes, para entonces intentar situarte en el lugar adecuado del cayuco. Cada segundo es una compleja jugada del ajedrez de la supervivencia, donde aquel con quien recorriste media África y compartiste hasta el último gramo de arroz hasta llegar a la costa de Senegal, se convierte en tú personal y fanático torturador, culpable de todos los males que te acorralan; cada instante, cada segundo. Para darte jaque mate al menor descuido. En aquel maldito esquife rumbo a la abundancia y la supuesta dignidad que algunos creen que la acompaña.
Llevaban cuatro días luchando contra el viento del Noreste cuando el motor exhaló su última combustión. La mirada perdida de algunos se trunco en un primer plano de la desesperación. Era como si el sonido del motor Yamaha cuatro tiempos, fuera el de las trompetas de los Ángeles de la Esperanza, que hasta ese momento había echo con su, tup tup tup tup, soportable el martirio. Entonces el llanto de los niños y mujeres a bordo, sonaba como el plañido de una leona herida junto a sus cachorros cuando abandonada por la manada, en la noche de la sabana, sabe con certeza que son la próxima comida de las hienas, que taimadas les acechan para arrebatarla uno a uno a sus cachorros, esperando que exhausta sea pieza fácil en el asalto final.
Los hombres dando rienda suelta a su desesperada testosterona, comenzaron una violenta disputa que derivó en combate cuerpo a cuerpo entre los centroafricanos y los senegaleses. En el fragor de la pelea fraticida, varios hombres enzarzados cayeron sobre la popa, arrastrando con su peso las carcomidas tablas que sostenían el motor. La violenta inclinación del cayuco, permitió que olas hicieran el resto, golpeando la panza del esquife y arrojando como cerillas de una caja de cartón a los que no tuvieron tiempo de agarrarse a algún punto de la nave malherida.
Abu se sostenía colgado por los brazos de la bóveda puntiaguda de la proa, mientras lentamente el cayuco se sumergía. Abu lloraba no por miedo sino porque todo acabara de esa forma, sin haber probado los sueños albergados que le debía su maldita existencia. La mascara de sal que cubría su rostro era lentamente calada por las lagrimas del joven congoleño y cuando sus rodillas comenzaron a sumergirse, observó a la gaviota. Con ojos impasibles el ave marina se acercó a su rostro, para rascar con su pico la mejilla y beberse las últimas lágrimas agridulces del joven africano.
La gaviota observó unos segundos como el cayuco desmembrado se hundía con su valiosa, por única, carga humana ¡Oh, humanidad!
La gaviota abrió en toda su extensión las alas y, con elegancia rozó las olas buscando un golpe de aire que la fuera elevando progresivamente, desde el verde azulón del mar al prístino turquesa del cielo.
Una vez que su instinto localizó las corrientes térmicas que la elevarían donde el aire era tan fino, que el vuelo parecía mágico, buscó con la mirada el rumbo que llevaba grabado en su corazón, hacía una pequeña aldea en el centro del continente madre, África . Allí se reuniría para siempre con su nuevo Clan.
“A mis hermanos de Kenia, en estos momentos de violencia y oscuridad producida por el odio que los opresores despiertan en sus nobles corazones. Pido a la luz de mi humilde meditación, que un día iluminara el yoga, que todos descubramos juntos, que sólo existe una gran tribu a la que todos sin excepción pertenecemos"

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