El Buzo Vagabundo.
Lentamente exhaló aire de sus pulmones, expulsándolo a través de la segunda etapa del regulador, su cuerpo descendió hasta apoyar ligeramente las rodillas en la arena. Contuvo brevemente la respiración para ajustar su flotabilidad, así su cuerpo en equilibrio podía lentamente apoyar las aletas sin dañar el fondo marino. Como siempre que se paraba a contemplar el espectáculo submarino una agradecida emoción se extendía a lo largo de su interior, mientras, los ojos se entornaban emocionados dentro de la mascara. Con sus dedos aferraba la carcasa de la cámara en una postura casi mística, apoyada contra el pecho, la lente apuntando al fondo, entonces apretaba el botón de la carcasa que apagaba la cámara de video. Las imágenes siempre podían esperar, porque en ese preciso momento como siempre le ocurría, todo lo que sentía parecía irrepetible. Una y otra vez el arrecife le hacia experimentar lo mas elevado y puro en su existencia.
La corriente se desplazaba a 4 nudos de norte a sur, la marea en bajada, Canal de Aqaba. Los peces Anthia se esforzaban por mantener su posición de cara a las corrientes, luchando constantemente contra ellas, nunca dejando mucha distancia de los pináculos coralinos. Estos eran su más valiosa referencia y refugio, nacían, vivían y morían, entorno a ellos durante todo su círculo evolutivo, o vida.
Desde que comenzó a bucear con la cámara en el arrecife, el buzo había aprendido a respetar la constante y armoniosa masacre que se llevaba a cabo ante sus ojos, estos muchas veces detrás del monitor de la cámara. No sentía que realmente estuviera trabajando ni para él ni para nadie, tampoco a esas alturas sabía con certeza que es lo que hacia de tres a cuatro horas diarias metido en el mar, durante los últimos nueve meses. Tan sólo quería ser uno más de los temporales visitantes occidentales que se acercaban a las costas egipcias del Mar Rojo, simplemente no deseaba pensar mucho en el porqué de todo aquello.
Le bastaba sumergirse en el arrecife, para que las sensaciones tomaran el mando sobre sus recuerdos y pensamientos. Para él los días en el mar eran los únicos que al final contaban, eso era lo único clarificador de vivir en un “cul de sac” natural, o al final de un desierto. Sabía muy bien que el desierto del Sinai había sido siempre un espacio de transito y huida, en las más variadas dimensiones y épocas, los únicos que siempre permanecían eran los beduinos. Los demás raramente le llamaban casa a la península del Sinai, aunque se matasen por ella.
Lamentablemente la masacre en superficie, a lo largo y ancho del Oriente Medio, no era tan natural y armoniosa como la de los arrecifes del Mar Rojo. Sólo se podían parecer ambas en ser una cuestión de espacio y recursos.
